el placer de ser uno mismo e identidad social Marek - Fotolia.comDurante el ciclo de vida, el individuo construye una identidad social. Este constructo se compone de dos dimensiones, una privada para uno mismo y otra pública para los demás. La identidad misma contiene a menudo las limitaciones que las agencias de formación han impuesto durante la era del desarrollo. En situaciones de estrés, a menudo sucede que percibes estas limitaciones con más fuerza y ​​luego solo tienes que redescubrirte a ti mismo, en una perspectiva liberadora, para restablecer el equilibrio psicológico.

 

 

La microhistoria del infante

Cada uno de nosotros es portador de emociones, formas de pensar y hábitos adquiridos a lo largo de todo el ciclo de vida. Este bagaje constituye nuestra riqueza, pero a veces le son inherentes las semillas del malestar, en la medida en que este aparato no nos pertenece o más bien nos pertenece sólo parcialmente.



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En el momento del nacimiento, el infante ya posee una microhistoria que se compone de las percepciones que los padres proyectan sobre el recién nacido. Una serie de atribuciones se apoderan de la imaginación de los padres que permiten construir un marco conceptual sobre el que descansará la vida del infante.





En otras palabras, los padres perciben a su hijo en función de cuál fue su historia en su familia de origen. Esto determina una hipoteca en el acercamiento emocional al niño que posteriormente afectará, es decir, la experiencia del niño, en la experiencia de crianza, tiene dificultad para separarse de la experiencia de los padres.

Entonces, en esta pequeña institución social que es la familia, el recién nacido tiene dos padres que aún son hijos de sus padres al mismo tiempo y esto incide en el mapa conceptual que posteriormente se conformará.

Socialización primaria

La díada parental está llamada a hacer que el recién nacido confisque los productos culturales de la sociedad en la que vive, a través de ese proceso que se conoce con el nombre de socialización primaria. Mediante este procedimiento, el infante es colonizado a la vida social, que se compone de hábitos, rutinas y formas de ser que reflejan la cultura dominante y son hegemónicas en ese contexto de vida.

En otras palabras, con la socialización primaria el niño internaliza el mundo de los padres. De esta forma se sientan las bases para una construcción de la personalidad en sintonía con la cultura en la que se vive (Benedict, 1960).

El concepto de cultura define las creencias, hábitos e instituciones sociales que caracterizan a una sociedad. Las instituciones tienen su origen en conductas individuales que se repiten a lo largo del tiempo y que se consolidan en patrones de conducta, que son adoptados por todos los individuos que forman parte de una misma sociedad (Kardiner, 1965).

Anuncio En la práctica, el niño se ve obligado a asimilar en los primeros años de vida cuál es la estructura cultural de la sociedad en la que vive. Que este no sea un acto indoloro está representado por las rebeliones en las que suele entrar el pequeño, cuando, a través de las crisis de oposición, que caracterizan su crecimiento, quiere afirmarse a sí mismo en términos distintos a los que quisiera la voluntad paterna.

Una poderosa herramienta para la transmisión de este mundo cultural está representada por el lenguaje. En otras palabras, a través del lenguaje, la díada parental socializa a su hijo, por medio de los aspectos semánticos y pragmáticos que subyacen al dato lingüístico.

Ser y tener que ser

El crecimiento del infante se estructura como una doble historia, que es una historia superficial compuesta por todos aquellos comportamientos, hábitos y pensamientos que favorecen la armonía con el mundo de sus padres, que es el mundo social, y una historia subterránea. donde habitan la oposición, es decir, aquellos hábitos, conductas y pensamientos que no están muy en sintonía con los procesos de socialización primaria.

En la práctica, se crea una distancia entre lo que es el niño y lo que realmente debe ser si quiere seguir contando con el cariño de sus padres, la estima social de sus compañeros y de todos los adultos con los que interactúa durante la vida. su ciclo de vida.

De esta manera, lo que Fromm, citado en Caprara y Gennaro (1994), define el carácter social, es decir, una estructura de personalidad que está en sintonía con el entorno en el que vive, se desarrolla el niño. En realidad, los dos mundos siguen caminos paralelos.

La primera se hipertrofia y se implementa gracias a los reconocimientos sociales que recibe el pequeño y que le hacen adoptar, de manera completa y profunda, las características sociales del contexto en el que se encuentra inmerso.

El otro mundo, el subterráneo, se nutre de reverberaciones, que se componen de necesidades reales, deseos y una ideología de la vida que no coincide con la vigente en la cultura dominante. A medida que avanza el crecimiento, se crea una mayor discrepancia entre lo que Rogers, mencionado en Caprara y Gennaro (op. Cit.), Llama el verdadero yo y el mundo ficticio del yo condicionado por la aceptación social.

Al niño le gustaría, pero no puede. Debe adaptarse a las limitaciones de estar allí, mientras que a su persona le gustaría toda la libertad de ser, es decir, una libertad incondicional, como afirma Binswanger, relatado en Caprara y Gennaro (op. Cit.).

En este período, su historia se compone de dos movimientos contrastantes, en sintonía con los dos mundos vividos interiormente, que son la obediencia y la desobediencia. No perder el cariño de sus padres y otras figuras carismáticas que entran en su vida lo lleva a ser obediente, el amor por la libertad y la experimentación lo empujan a la desobediencia.

En esta fase, como señala Piaget (1972), la moralidad del niño es heterónoma, es decir, deriva de las prohibiciones impuestas por la voluntad paterna, que se experimentan como normas impuestas por los padres y no como sus propios deseos y por ello aún no están interiorizadas.

Anuncio Socialización secundaria

El crecimiento, desde el punto de vista social, se completa a lo largo de los años con lo que Berger y Luckmann (1969) denominan socialización secundaria, que es el proceso que lleva a interiorizar el conocimiento profesional y que determina la posesión de un vocabulario, de una metodología. y una ideología de la realidad que está en sintonía con la elección de carrera que se hace.

Identidad social

A través de este largo camino el individuo adquiere su propia identidad social, que como advierte Dubar (2004), se compone de dos componentes, a saber, la identidad para uno mismo y la identidad para el otro.

Ambos se forman a través de procesos sociales, ya que en la base de ellos hay procedimientos que involucran a la alteridad o a uno mismo, como sujeto social.

En la práctica, en el transcurso de la historia individual, las dos identidades, que componen la identidad social, se estructuran a través de dos procesos muy específicos:

  • el proceso biográfico;
  • el proceso relacional.

Específicamente, a través de la propia historia de vida o biografía, se construye la identidad social para uno mismo y a través de las interacciones sociales se realiza la identidad del otro, lo que permite ser percibido por la alteridad.

La identidad per se se compone de los dos mundos mencionados anteriormente. En la práctica, el individuo construye esta idea de sí mismo, a través de lo que es, pero esta identidad contiene también los brotes de lo que no es y que, de hecho, le gustaría ser. La identidad del otro se constituye a lo largo de la propia historia a través de las diversas experiencias que llevan al estar con los demás.

En tales circunstancias, proporcionamos el material, mostrándonos, siendo y reaccionando, lo que permite a los demás hacerse una idea de nosotros.

La liberación de tener que ser

En algunas circunstancias, concretamente en situaciones de estrés, la identidad per se se quiebra en los dos mundos que la componen, es decir, el evidente que constituía la imagen que se tiene de sí mismo y el más íntimo donde se entierran verdaderas necesidades. y deseos.

En esta circunstancia, esta realidad profunda exige salir a la luz enviando señales, que aumentan la insatisfacción y la sensación de infelicidad. En esta coyuntura se vuelve imperativo redescubrirse a uno mismo, en la práctica para sacar a relucir lo que ha estado al margen durante algún tiempo. Este mundo está hecho de creatividad, de cambios, de dar un sentido diferente a la vida, al trabajo, a las relaciones con los demás.

Es decir, el mundo paralelo, que constituía la otra cara de la identidad, invita a cambiar de vida, a redescubrir cosas que a lo largo de los años se han ido abandonando para dar paso a una serie de deberes y responsabilidades, la mayoría de las veces. no en sintonía con las necesidades reales.

Aquí está, entonces, redescubrir el verdadero yo, a través de actividades nuevas y más gratificantes o simplemente cambiando la forma en que se percibe a sí mismo y su vida. Es una forma de volver a experimentar el placer de ser uno mismo, en una perspectiva de liberación, que, como observa Bauman (2011), presupone liberarse de ataduras o cadenas, que la mayoría de las veces están solo en la mente.

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BIBLIOGRAFÍA:

  • Bauman, Z. (2011). Modernidad líquida . Roma - Bari: Laterza.
  • Benedicto, R. (1960). Modelos de cultura. Milán: Feltrinelli.
  • Berger, P. y Luckmann, T (1969). La realidad como construcción social. Bolonia: El Molino.
  • Caprara, G.V. Y Gennaro, A. (1994). Psicología de la personalidad. Bolonia: El Molino.
  • Dubar, C. (2004).  Socialización. Cómo se construye la identidad social . Bolonia: El Molino.
  • Kardiner, A. (1965). El individuo y su sociedad: psicodinámica de la organización social primitiva. Milán: Bompiani.
  • Piaget, J. (1972). Juicio moral en el niño. Florencia: Articulaciones.

Autor:   Vincenzo Amendolagine

Médico, psicoterapeuta, psicólogo educativo. Enseña, como profesor contratado, Psicología Evolutiva y de la Educación, Psicología de Habilidades Diversas, Didáctica y Pedagogía Especial en la Universidad de Bari Aldo Moro. Es autor de numerosas publicaciones científicas.