En un mundo de elecciones, la presencia de una conciencia dotada de la experiencia de la duda permite construir escenarios alternativos, para multiplicar las opciones posibles más allá de las determinadas por el temperamento (genética) y la educación (aprendizaje).

La duda es una experiencia universalmente mal tolerada. La experiencia de la duda es curiosa, una voz en la mente que recuerda que otros escenarios son posibles. Causa molestia y se considera el corazón de algunos trastornos psicológicos.

Por ejemplo, el trastorno obsesivo compulsivo o el trastorno de ansiedad generalizada se basan, entre otras cosas, en la intolerancia a la incertidumbre (Dugas et al., 1998), definida como la dificultad de aceptar el hecho de que es completamente imposible prevenir la ocurrencia de un evento negativo, por poco probable que sea.



Incluso la sociedad no viste la duda con ropa fina, todo lo contrario. La duda es síntoma de inseguridad, fragilidad, incluso un poco de escaso valor. El que gana es el que convence, y convence si ante todo está convencido de sus propias ideas, es decir: sin dudas.

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Se consume tiempo y energía para eliminar todas las dudas de la mente. Para hacer esto, las personas buscan tranquilidad o intentan convencerse a sí mismas con la fuerza de los pensamientos positivos. Suelen ser intentos infructuosos y expuestos a una paradoja: buscar dudas residuales en la mente para eliminarlas sólo puede conducir a encontrar otras nuevas. La duda es una Hydra de Lernaean, cada intento de eliminar una cabeza conduce al crecimiento de dos más.

Se dice que la duda es algo que se insinúa o se insinúa, inserta para crecer y hacer brotar el malestar, la aversión, el conflicto. La duda es, por tanto, también una serpiente, o una semilla venenosa capaz de quemar toda la cosecha. Es una experiencia tan peligrosa que merece atención.

Hay tres consideraciones que me intrigaron sobre la duda.

La primera: ¿por qué nuestra mente evolucionó para producir dudas?

Anuncio Una posible respuesta es que la duda es una propiedad emergente de estar dotado de conciencia. Quién sabe, tal vez un defecto de fábrica o un componente fundamental de nuestro ascenso a la cima de la pirámide alimenticia. En un mundo de elecciones, la presencia de una conciencia dotada de la experiencia de la duda permite construir escenarios alternativos, para multiplicar las opciones posibles más allá de las determinadas por el temperamento (genética) y la educación (aprendizaje). Por otro lado, tenemos derecho a elegir si seguimos una duda o no. Cuantas más dudas tenemos, más opciones aumentan, más fluido es nuestro movimiento, con mayores grados de libertad. El flujo de fluido se adapta mejor a los cambios en el entorno. Esto se debe a que ofrece múltiples oportunidades de flexibilidad y modulación de la prudencia, el control y la impulsividad.

De aquí surge una perspectiva interesante: quien nunca preste atención a sus dudas podría endurecerse y seguir una trayectoria muy clara, sin darse cuenta.

El segundo punto: ¿cuándo se convierte la duda en un problema?

Aquí, como psicólogo clínico y psicoterapeuta, me siento más a gusto. La literatura científica cognitiva nos ofrece un par de pistas al respecto. En primer lugar, la duda produce malestar cuando se considera peligrosa y se considera peligrosa cuando se malinterpreta (Myers et al., 2009). En lugar de un impulso neuroquímico que toma la forma de una representación hipotética, se considera un dato factible plausible, si no probable (por ejemplo, si creo que tengo que hacer otra cosa, sucederá) o un dato capaz de influir en la realidad (por ejemplo, hay dudas). antecámara de un fallo escrito). En este sentido hablamos de fusión de pensamiento. El individuo observa el mundo a través de sus propias dudas e inquietudes, considerándolas como indicadores fiables de lo que podría suceder, más que como hipótesis.

Pero, ¿cuántas veces hemos tenido un pensamiento negativo sobre el futuro? ¿Cuántas veces ha sucedido esto realmente? El resultado, excluidos los videntes, probablemente mostrará que los pensamientos son un mal criterio para predecir el futuro o leer la realidad, incluso menos confiable que lanzar un dado. De ello se desprende que el mundo de los pensamientos es una cosa, el mundo de los datos sensibles es otra.

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Estrechamente relacionada con la confusión entre pensamiento y realidad está la tendencia a asumir una posición de control absoluto sobre las propias experiencias internas. Si la duda es peligrosa entonces puedo sentirme seguro solo si la elimino, entonces busco tranquilidad, trato de distraerme, trato de convencerme de lo contrario, realizo un ritual hasta que la duda ha desaparecido, busco una forma de desapegar mi mente (ej. Bebo alcohol) o evito todas las situaciones que me generan dudas (Wenzlaff & Wegner, 2000). Todo esto tiene un costo que supera el simple esfuerzo de su implementación. ¿Puedo despejar las dudas de mi mente? Lamentablemente no, también porque para eliminarlos tengo que explorar mi mente para ver si todavía quedan. Cuando somos cazadores de dudas corremos el riesgo de perder el don de la fluidez, estamos atrapados en el caos de nuestra mente.

Tercer punto: ¿cómo podemos concedernos el beneficio de la duda? Esto es solo una hipótesis.

Anuncio Pero si la duda tiene su propio uso, paradójicamente, la condición de ser 'sin dudas' podría hacernos vulnerables a una extinción repentina. Incapaz de captar los cambios potenciales en el mundo que nos rodea. Mirar la duda por lo que es significa (1) reconocerla como un objeto de la mente, (2) evaluar cuándo y en qué medida estamos interesados ​​en lidiar con ella, (3) no implementar estrategias para eliminarla de nuestra mente, (4) considerarla como información que proviene de de las asociaciones libres de la mente, no la guía de nuestras elecciones, pero ni siquiera la prueba tangible de que las elecciones deben cambiarse.

De manera similar, la duda puede ser una señal inofensiva de que no nos la estamos contando a nosotros mismos, que no estamos construyendo una simple visión de la realidad para nuestro propio uso ilusorio. Incluso un estado de absoluta confianza en uno mismo puede mostrar sus lados oscuros:'Estaba tan convencido de la tenacidad de sus miembros, de su cuerpo que decidió no curarse y murió'.

En resumen, puede haber daño en ausencia de duda, la seguridad extrema ya no es anormal que la duda extrema. También puede ser una buena práctica concedernos el beneficio de la duda.

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BIBLIOGRAFÍA: